CORRESPONDENCIAS

Correspondencia con Erica Krebs

acerca de la voz que escapa para cantar y contar

Fiorella Litvinoff
RemitenteFiorella Litvinoff

Licenciada en psicología (UBA).Profesora de Psicología (UBA). Practica el psicoanálisis. Autora del libro "Psicoanálisis de la nueva vida cotidiana. Una lectura acerca de las redes sociales" y coautora de "Duelarse. Una correspondencia psicoanalítica". Forma parte del comité editorial de Philos, una revista de psicoanálisis, cultura y arte.

Erica Krebs
DestinatarioErica Krebs

Licenciada en Psicología (UBA). Se dedica la práctica clínica psicoanalítica. Docente de “Teoría y Epistemología Psicoanalítica I” en el Instituto de Educación Superior N° 1 “Alicia Moreau de Justo”. Escribe y canta (cada vez que puede). También es actriz (cada tanto). Autora del libro “Sólo vive la voz cuando escapa” (Las Furias Editora). Su primer disco se titula “Se me canta”.

Correspondencia con Erica Krebs
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Buenos Aires, 4 de septiembre de 2026

Hola Erica,

Tengo entre mis manos el libro que recientemente escribiste: Solo vive la voz cuando escapa[1]. Noto que siempre lo tengo cerca. En la mesita de luz, en la biblioteca de mi cuarto, en el mueble del comedor. Me acompaña.

                                        Apaña.

                                        Algo se desempaña.

¿Qué es un libro?

El libro no se reduce a ser una transmisión intelectual. Algunos se leen y otros nos leen. Devienen en una verdadera experiencia. Manos que acarician. Suavizan el temblor del cuerpo.

También provengo de una familia que ¿logró escapar? del nazismo. El horror, el deseo de vivir y lo imposible de decir nos rodea. Ambas somos nietas de una de las mayores tragedias perpetradas en -y por- Europa. Pero aquí estamos. Aunque por poco no existimos, como escribís en el libro.

Viene a mí un pasaje de Agamben que, a mi entender, refleja tu escritura:

Decir que Auschwitz es indecible o incomprensible equivale a adorarle en silencio, como se hace con un dios; es decir, significa, a pesar de las intenciones que puedan tenerse, contribuir a su gloria. Nosotros, por el contrario, no nos avergonzamos de mantener fija la mirada en lo inenarrable. Aun a costa de descubrir que lo que el mal sabe de sí lo encontramos fácilmente también en nosotros. [2]

Elegiste mostrar las palabras tachadas, allí hay toda una posición enunciativa. Dejar ver y leer lo tachado, que lo censurado ingrese. Lo tachado no desaparece.

Solo vive la voz cuando escapa. ¿Qué significa que la voz escape?

¿Cuán ruin puede volverse lo humano? ¿Cómo pudieron? Es un interrogante que, lejos de responderse, no deja de interrogar. No deja de insistir. Quizás en esa insistencia habite la dimensión ética.

Este es un libro sobre la filiación, la transmisión generacional, la herencia. La memoria y el olvido. La vida y la muerte.

Mientras leo un fragmento se me eriza la piel:

“Escribo sobre una abuela que no recuerdo, para poder olvidarla”.

 ¿Se escribe para olvidar? ¿Qué relación encontras entre judaísmo y escritura? Me acuerdo lo que dice Dani Zelko: la respuesta judía a la destrucción siempre fue la escritura[3].

¿Por qué optaste por el formato poético en este libro?

Llorar suele ser liberador, pero llorar con otro es aún más aliviante. En esas gotas que salen del cuerpo (qué extraño, ¿no?) ya no se sabe qué gota corresponde a qué ojo.

Gracias por cantar. Gracias por contar.

Un abrazo,

Fiorella


[1] Krebs, E., Solo vive la voz cuando escapa, Las Furias, 2025.

[2] Agamben, G., Lo que queda de Auschwitz, Pretextos, 2014.

[3] Zelko, D., Oreja madre. Mi cuestión judía. Caja Negra Editora, 2025.


Buenos Aires, 6 de septiembre de 2026

Hola Fiorella,

Gracias por tu carta, por tu lectura del libro, por lo que tu escritura transmite, y por lo que produjo en mí. Lo primero, fue conmoverme hasta el llanto… o quizás podría decir, acompañarme (apañarme, desempañarme) para poder seguir llorando ese dolor inconmensurable que continúa emergiendo de cada catástrofe causada por lo infinitamente vil de lo humano.

Dice Ibtisam Azem[3], una escritora palestina a quien ando leyendo en estos días: “Hay algo en los supervivientes que hace que estén siempre solos”. Nosotras, y tantos otros, somos descendientes de esas soledades. Tal vez compartir las narrativas, los intentos de decir sobre lo indecible, nuestro rotundo no a ese silencio que glorifica al horror, sea una apuesta a que haya algo más que sólo sobrevivir. Tal vez sea un modo de no dejarlos solos. Escribir, como un modo de acompañar a los sobrevivientes, y también a los muertos (de ayer, y de hoy) en su soledad. Un intento de volver a tejer lo común, ese tejido colectivo que se desgarra en cada masacre. Esa tarea que heredamos, y que -como dice Vinciane Despret[4]– a veces los muertos nos incitan a realizar.

Quizás escribí porque de ciertos horrores no se escapa del todo. Escapa la voz, para cantarlo, o para contarlo. A veces para cantar las cuarenta, en nombre de aquellas voces que fueron silenciadas y que, traspasando generaciones, vuelven, insisten, toman nuestro cuerpo para decir(nos) que allí estuvieron, que allí están, presentes en nuestro pasado. Pero también presentes en todas las vidas que no son tenidas en cuenta. Escribir como un modo de hacer propio el grito: “Aparición con vida”. Una plegaria, un llamado: aparición de la vida allí donde se siembra la muerte.

Tu pregunta por el judaísmo y la escritura es potente, e infinita. Diría que no hay “el judaísmo”, sino los judaísmos. No tengo formación religiosa, sino la conciencia de pertenecer a una historia colectiva. A una tradición que tiene una fuerte relación con la lectura y relectura, que es también reescritura. Puede que las tachaduras -no lo había pensado hasta ahora- también cifren algo de eso: olvidar, no para borrar sino para recordar de otro modo. Porque nunca escribimos desde una nada, no escribimos sobre un desierto: escribimos sobre (y con) las voces que nos preceden. La reescritura sobre lo pasado, sin borramiento (sin desapariciones), como apuesta a escribir un futuro que no sea repetición, que pueda ser invención, apertura, desvío.

Rozitchner[5] dijo que los judíos guardamos el recuerdo de la vivencia de haber sido mirados con desprecio y tratados con crueldad, y que eso opera como un puente que nos ubica siempre del lado de los oprimidos, sean del origen que sean. Hoy, tristemente, esa referencia a León es más una expresión de deseo que una descripción de los hechos. Ojalá la respuesta a la destrucción fuera siempre la escritura, la palabra que se dirige al encuentro del otro, y no a su aniquilación. Ojalá aquella lectura que Rozitchner hace del judaísmo sea, cada vez más, una brújula que nos oriente en la oscuridad.

Te cuento que no sé si fui yo quien optó por el formato poético, fue más bien algo que ¿encontré? ¿me encontró? Me encontré ahí, sin proponérmelo. Tal vez porque sólo en lo poético pueda transmitirse algo de lo imposible que habita esas tramas históricas. En las resonancias metafóricas que iba descubriendo al escribir (y que sigo descubriendo al releer lo escrito, o con las lecturas de otros), fue creciendo con hilos propios y ajenos, esa red, esa telaraña, esa textura que conectó los juegos y recuerdos de la infancia, con los rastros de mi pre-historia, con los recuerdos de otros, y con los miedos e interrogantes del presente. Y ahora, escribiendo, siento que también con la inquietante incertidumbre sobre el futuro común.

Así como decías que ya no se sabe qué lágrima corresponde a qué ojo, tampoco sé del todo si esas palabras que habitan el libro son mías, o son de quien las lee y se siente afectado, o son de mis antepasados, o son -ojalá así sea- de un futuro en donde al leerlas, se esté escribiendo otro mundo. Un mundo en donde el “¿Cómo pudieron?” sea sólo una pregunta por el pasado, y no la espantosa e infame actualización: “¿Cómo siguen pudiendo?”.

A veces pienso que mi libro hubiera podido seguir escribiéndose indefinidamente. Siempre agregando una puntada más. A veces me gusta imaginar que en sus espacios en blanco otros escriben o dibujan sus propios retazos, y el libro ya no es mi libro, sino un artefacto, un dispositivo, para que cada quien entrelace sus hilos con los míos, volviéndolos nuestros. Tal vez tu carta sea parte de eso, tu invitación a entramar tu escritura con la mía.

Gracias por tus preguntas, que prolongan la trama. Seguiremos contando, seguiremos cantando. Seguiremos tramando para que no sólo escapen lágrimas de nuestros cuerpos, sino también música, abrazos, futuros… y más cartas, que sean botellas al mar buscadoras de orillas a dónde arribar. Que sean escrituras tejedoras de puentes.

Te abrazo, con el deseo de un futuro repleto de orillas.

Erica


[3] Azem, I., El libro de la desaparición, Las afueras, 2026.

[4]  Despret, V., A la salud de los muertos. Relatos de quienes quedan. Editorial Cactus, 2021.

[5]  Rozitchner, L., Ser judío, Ediciones de la Flor, 1968. (Reeditado hermosamente como “Ser judío. Y otros ensayos afines”, por la Biblioteca Nacional, en 2015, como parte del proyecto de edición de su obra completa).