CORRESPONDENCIAS NO CORRESPONDIDAS

un amor perdido, un sentido ganado:correspondencias de un edipo interrumpido

Julieta Frontero
RemitenteJulieta Frontero

Licenciada en Psicología por la Universidad de Buenos Aires, psicoanalista y sanitarista, trabajadora estatal, escritora eternamente amateur.

un amor perdido, un sentido ganado:correspondencias de un edipo interrumpido
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Buenos Aires, un mediodía de sol de agosto del 2026

chetuti, mborayhu jára:

Te escribo esta carta con deseos de invocarte, imaginando con ternura tu presencia, por unos breves momentos; como si mi alma tuviese el derecho de tocarte con palabras por un ratito. Hace poco lo descubrí. El guaraní venía de tu parte. Años estudiando, investigando la lengua, sin saber que estaba guardado en tus raíces, en tu sangre…

Hace poco lo descubrí. Cuando recuperé el sonido de tu segundo nombre: Cecilio. Cuando recordé, más tarde, mi corrección ante tu apellido mal escrito, en una sala habitada por muchos señores que hacían firmar muchos papeles. Me agradecieron haber revertido ese error. Estaba con la abuela en ese momento; ella no sabía ni leer ni escribir; ella solo sabía hacer cuentas, tan velozmente, ¡y cocinar las cosas más ricas del mundo! No recuerdo cuántos años tenía. Tal vez 15 o menos… 

15 años y ya sabía lo que es perder al amor de tu vida. Un tiro en la sien, una noche de horror. Nunca la pude sacar de mi cuerpo. Y a tu sonrisa tampoco. ¿Alguien sabe cómo superar una muerte así? Qué me diría S. Freud, sobre el duelo, ya lo sé. Qué me respondería V. Despret; qué me diría sobre los que quedamos de este lado, los que trabajamos a diario por hacer algo con las ausencias… y las presencias. 

Soy psicóloga, tengo más entrenamiento en duelos y angustias de lo que realmente quisiera. Pero de la tuya, tu pérdida, esa noche horrible de mayo: a esa pérdida nunca le gané.

Le mandé un mensaje a tu esposa, mi tía. Hace casi dos décadas que me fui de ahí; me fui del barrio tratando de dejar muchas marcas atrás. Mentira: me las traje a todas conmigo. Y aprendo y aprendo, toda vez, cada vez, qué hacer con ellas. La parte más divertida: ayudar a curar las de otros, transformando las suyas. 

Rio cuando algún paciente me llama cariñosamente su chamana, pequeña bruja. Si supieran de vos… Si supieran los años de duelo que llevo con vos. Un trabajo que nunca cesa, uno que siempre se reconvierte. Me queda la capacidad de crear.

La tía me manda mensajes dulces. Se acuerda de mi infantil devoción por San Ramón; como cuando dormía la siesta junto a ella. Años más tarde, se repetiría en mi vida la misma interrupción involuntaria y espontánea que a ella la inundaba de rojo por esos tiempos… Qué cosas tiene el destino. No siempre bellas, como decía aquella canción.

La tía me respondió esta vez. Me recordó nuestro amor mutuo, inmenso. Me dijo que no la molestaba, también, y que quería contarme muchas cosas de vos. Pero que no tenía tiempo. Y yo acá: a más de dos décadas después de tu pérdida, a mis 35 años, reconociendo mi pasión por el guaraní en vos: como la de Chevrolet, como la de tu color, como la de tu sonrisa. Y yo acá: tratando de despedirte, una y otra vez, pero encontrándote en cada una de mis obsesiones, de mis misteriosas cosas. Ñemimby. A veces creo que siguen formando parte de tus eternas jodas.

Tomé ese rasgo de humor de vos: se lo dejo a mi analista cada vez que le (re)pregunto cómo se cura un edipo interrumpido, cómo se cura la pérdida de un amor con chistes… un amor arrancado una noche de crimen. Ni siquiera supe por qué te mataron. Mi primer terapeuta me desalentó en la búsqueda de esa verdad. Una advertencia temprana: cuántos errores podemos cometer en la clínica. Ni esa certeza me quedó, pero sí la necesidad de levantar la vara ética de la profesión – sin perder la sensibilidad.

Te busco en sueños, pero no venis. Te busco en la vigilia, pero no venis. Te encuentro en el lenguaje, eso sí: ya devenido oficio. El amor en la palabra que me regala el psicoanálisis y la poesía. En el castellano natural, y ahora descubrí: también en el guaraní.

¿Dónde estás ahora corazón? ¿dónde quedó tu kunatai? ¿dónde te escondiste esta vez mi karai? Ojalá en alguna vereda, tomando una cerveza o mirando a tu amado River Plate. Sonriendo y cantando. Con tu alegría, tu picardía y tu dulzura. Diciéndome, como siempre, ¡bruja, acá estoy! ¡bruja, te encontré! 

Mientras te invoco, voy a tu encuentro, en búsqueda de un abrazo fuerte y con mi más grande sonrisa. Querida Despret me diría, además: los muertos también son inductores de vitalidad. Eso es lo que hago de forma permanente: buscar cómo vivir mejor: para mí y para los otros que acuden a mí. Tal vez eso es otra de las cosas que a vos te robé.

Mientras te busco, sigo al acecho de tus pistas, en cada uno de los trucos que me dejas: te busco y te encuentro, en las señas, en la lengua, en la sonrisa y en un amor más que correspondido. Como en este intercambio epistolar, con tu ausencia devenida magia.

Este sigue siendo mi modo de corresponder: mantenerte vivo en mi memoria. Esto es lo que también quisiera transmitir en el trabajo de cualquier duelo: si la causa de la pérdida, devuelve un sentido, agradecer y agradecer. Allí está todo el trabajo. Al final de cuentas, un maestro dijo que la gratitud siempre será la memoria del corazón. 

Amor y salud por nuestros muertos, pensando en vos siempre…

Payesera, una brujita

  • P.D1: un pequeño glosario guaraní: che tuti (mi tío), mborayhu jára (amo del amor), ñemimby (lo secreto), kuñatai (niña amada), karai (señor), paye (gualicho).
  • P.D2: En esta correspondencia resuenan pensamientos e ideas con los trabajos de Vinciane Despret, sobre todo: A la salud de los muertos (ed.2021)