Entre la angustia y la pesadilla como pasaje al acto
Vicisitudes del sueño como guardián del dormir

En la franja que va de los sueños de angustia al despertar abrupto tras la pesadilla, el entramado representacional del sueño toca un límite opaco a la simbolización. Ante un monto de angustia que desborda la “señal de alarma”, se produce el despertar. Freud refiere este fenómeno como una ruptura del compromiso entre los diferentes sistemas psíquicos, de modo que el sueño deja de ser “guardián del dormir”. Desde la perspectiva de Lacan, se trata de la vacilación de la falta a lo representable que subtiende al fantasma neurótico y al entramado combinatorio del trabajo del sueño plasmado en la escena onírica. Cuando el sujeto queda sin concatenación simbólica en que sostenerse, se ve cada vez más reducido a puro objeto; esto es, a lo irrepresentable de su ser ante la clausura del campo del Otro, con las consiguientes concomitancias de afectación del cuerpo real. Situación de algún modo comparable a lo que acontece en la vigilia cuando por insuficiencia del horizonte fantasmático la escena vira al acting out, o incluso se pierde como tal en el pasaje al acto.
Desde esta perspectiva, en la medida en que enlaza lo onírico a la experiencia del fracaso de su función de guardián del dormir, cuando las coordenadas simbólico/imaginarias que lo posibilitan entran en insuficiencia, la pesadilla no sería estrictamente un sueño. La irrupción de angustia excede la función “señal de alarma” malogrando el trabajo del sueño hasta afectar el “miramiento por la figurabilidad”. La cosa irrepresentable se presenta entonces sin mediación retórica (sin re-presentación).
En su obra canónica “La Pesadilla”, Jones subraya el valor que durante el dormir pesadillesco adquiere la “fantasía de opresión” (Druckgeist) a la que caracteriza como “el elemento más antiguo del espíritu del mundo del que haya rastro alguno”. La describe como sensación de opresión en el pecho causada por obra del íncubo (figura demoníaca que poseía a las mujeres en antiguas mitologías) o sus sucedáneos sobre el cuerpo del durmiente, a modo de marca distintiva de la irrupción de angustia en el sueño, relativa en última instancia a la realización onírica de “deseos” incestuosos. Algo que treinta años después Lacan retomaría, remitiendo la pesadilla -con resonancias de aquella formulación de Jones- a “la experiencia ancestral de edades antiguas”, con el agregado a propósito del sueño “De la inyección de Irma” de lo que designara como punto de acmé: el cruce entre acontecer onírico e irrupción de angustia en la proximidad del despertar, cuando “el sujeto se pierde en relación a un real más allá de toda mediación imaginaria o simbólica” haciendo objeción a la función del sueño como guardián del dormir.
Así, si lo ancestral propio de edades antiguas remite a un real que traspone toda mediación simbólico/imaginaria, el “fantasma de opresión” descripto por Jones refiere a algo que en términos estructurales excede a las coordenadas fantasmáticas, un real que no admite mediación, figurable a lo sumo al límite de lo representable, como “coito incestuoso”.
En su abordaje del fantasma como entramado escénico organizador de la realidad psíquica, Lacan se vale de términos tomados del sueño “de los lobos” del conocido historial freudiano, un sueño que vira a pesadilla. Al modo de la ventana que se abre en dicho sueño, el fantasma enmarcaría un más allá de la combinatoria simbólica; un eso real que se da a ver sin dejarse empero simbolizar del todo, de modo que así umbilicada en un imposible, la concatenación significante da soporte al principio del placer/displacer desde su más allá, haciendo del goce en pérdida causa de deseo.
Desde luego, la percepción por fuera de todo marco fantasmático no es posible para el ser hablante, cuya relación constitutiva a la demanda del Otro lo sitúa en la franja que va de los modos más “estables” de realidad psíquica como “escena del mundo” a sus descompensaciones sintomáticas, y de éstas a los signos de inminencia de su colapso. Cuando esto último sucede en la vigilia, irrumpe la vivencia de unheimlich que en el marco transferencial se trasunta como acting out/pasaje al acto, cuyo correlato durante el dormir es el viraje al desborde de angustia y la pesadilla.
Recordemos algunos lineamientos mínimos del contexto en que acontece el “sueño de los lobos”. El análisis había arribado a ese punto traumático de reactivación de la escena primordial que Freud construye a partir del relato del sueño, repetidamente soñado desde su ocasión inicial: cuando el paciente, a punto de cumplir cuatro años, se fuera a dormir con la expectativa de recibir dobles regalos por parte del padre (de cumpleaños y de Navidad, dada la coincidencia de ambas fechas). Esta expectativa implicaba el deseo de recibir de él una satisfacción sexual, reactivando la huella previa de su observación de la escena primordial, presumiblemente a la edad de n + año y medio, cuando, por padecer malaria -una enfermedad estival, de ahí la presunción de los seis meses tras su cumpleaños-, había compartido el dormitorio de los padres. De este episodio derivaron tanto el sueño devenido en pesadilla, como la ulterior fobia a ser devorado por un lobo (Freud había rastreado en el Sr Woff, su maestro de latín, un sustituto paterno).
Ahora bien, sólo al desplegar sus latencias en el espacio asociativo de la transferencia, el sueño repetidamente soñado desde la infancia fue enhebrando el borde del vacío de representación donde Freud habría de asentar lo primordial por vía de construcción: eso frente a lo cual en su momento el soñante no encontró entramado simbólico en que sostenerse. De este modo, toda representación (el árbol con sus ramas, los lobos con sus colas, orejas y bocas abiertas, etc) se fue desvaneciendo hasta quedar sólo la mirada fija de los lobos, último borde de lo visible en el instante previo al despertar ya sin regulación significante; ni por ende velamiento alguno. En la franja que se extiende entre tal vacilación de la investidura de la falta y el despertar ante la inminencia de su desaparición, sin concatenación simbólica en que sostenerse en relación a ella, reducido el sujeto a puro objeto para esa mirada, el sueño deja de ser guardián del dormir. Se produce entonces el despertar, al modo del pasaje al acto, para poder seguir “durmiendo” en la realidad fantasmática de la vigilia.
Se advierte la vía transaccional que así queda delineada: entre la tendencia a satisfacer completamente al Otro (realizar su goce, entendido esto último como el imposible cierre de la brecha significante entre la palabra y la cosa) y la de preservar en éste alguna opacidad sin la cual el deseo tiende a colapsar, el fantasma supone un límite a la satisfacción. Ilusionando un objeto a ceder a la demanda del Otro, apunta a mantener el goce en los cauces del principio del placer/displacer, en el horizonte de la falta fálica; una satisfacción con pérdida de satisfacción por la inscripción de la marca de imposibilidad de toda plenitud de satisfacción sin resto. Imposibilidad por ende del incesto, podríamos agregar, de la palabra con la cosa.
Comparando el sueño de los lobos con el “de la inyección de Irma” a propósito del “punto de acmé” advertimos si en este último el acmé no condujo a la pesadilla ni al despertar, como en el de los lobos, dado que el soñante (Freud) no sólo no despertó, sino que tras atravesar la angustia ilustrada por la mancha blancuzca al fondo de la garganta de Irma, continuó soñando, transcurriendo por lo que Lacan caracteriza como “la asamblea de los otros” (el doctor M en el lugar de padre imaginario, Otto y Leopold, semejantes que como tales participaban de la condición imaginaria de amigo/enemigo). Desde allí, logra arribar por último, dejando atrás todo paisaje de reconocimiento o rivalidad imaginarias, a “la naturaleza misma de lo simbólico” en la fórmula escrita de la trimetilamina.
Habría pues distintas consecuencias posibles a partir del punto de acmé. Ante la emergencia de un real que interpela al modo del sueño “Padre, no ves que estoy ardiendo”, cuando la intimación al padre en su falta está que arde, allí donde la insuficiencia de la concatenación simbólica hace colapsar la escena imaginaria, ese real puede o no ser acotado, acorde a las vicisitudes propias de cada horizonte transferencial, permitiendo o no al sujeto sostenerse en la marca de pérdida de goce. Acontece entonces ya sea la descompensación fantasmática (pesadilla, desencadenamiento de angustia en perspectiva de acting out o pasaje al acto) o bien una nueva posición del sujeto.
El “De la inyección de Irma” se ubicaría entonces en una posición intermedia entre los sueños que mantienen la función de “guardián del dormir” y aquellos en que ésta entra en insuficiencia al modo del pasaje al acto en el despertar de la pesadilla. Con la angustia notoriamente presente, aunque sin llegar a desbordar en su exceso hasta producir el despertar.
Otros sueños mencionados en la Traumdeutung se ubican en ese lugar intermedio en lo que hace a las condiciones de suficiencia/insuficiencia fantasmática. En los sueños conocidos como “Madre dormida llevada por personajes con picos de pájaro” y “Preparado anatómico con la propia pelvis” la pérdida de la función placentera y la irrupción en términos descarnadamente pulsionales de lo real de la anatomía corporal indican cierta vacilación; por más que mantienen sin embargo un margen de entramado residual de la Otra escena a predominio de determinadas configuraciones escénicas, al límite de lo fantasmático. Con alguna semejanza a la demonomanía de las llamadas “posesiones histéricas” y las alternativas de descomposición/recomposición fantasmática del cuerpo histérico en los primeros historiales de Freud, lo que Lacan designara como fantasma de cuerpo fragmentado. Tales sueños plasman una convergencia entre dos insuficiencias: la de la escena del sueño cuando irrumpe la angustia y la del marco del fantasma en algunos cuadros de histeria.
Si nos preguntamos, para finalizar, para quién sería la realización de deseos en esa frontera que la pesadilla marca entre la Otra escena y la proximidad del horror, podemos acaso orientar una respuesta en perspectiva de ese “otro prehistórico inolvidable a quien ninguno posterior iguala ya” mencionado por Freud en su correspondencia a Fliess a propósito del ataque de vértigo, el espasmo de llanto y la manía de permanecer en cama lloriqueando. Sólo que agregando a esa serie también la pesadilla.
Freud, S. (1926) “Inhibición, síntoma y angustia”. En Obras Completas, Vol. XX, Amorrortu.
Freud, S. (1900) “La interpretación de los sueños”. En Obras Completas, Amorrortu.
Freud, S. (1919) Lo Ominoso. En Obras Completas, Vol.XVII. Amorrortu.
Freud, S. (1918) Historia de una neurosis infantil. En Obras Completas, Vol. XVII. Amorrortu.
Freud, S. (1896) Carta 52 a Fliess. En Fragmentos de la correpondencia con Fliess. En Obras Completas, Amorrortu.
Jones, E. (1931) La pesadilla. Paidós, B.Aires 1967
Koop, G (1996) “El punto de acmé en el sueño”, en Freud: la densidad figurativa. Homo Sapiens, Rosario 1996.
Lacan, J. Seminario II, (1954-1955) “El yo en la teoría de Freud y en la técnica del psicoanálisis. Paidós
Lacan, J. (1959-1960) Seminario X, “La angustia”. Paidós.



