Cuando la pérdida interroga el final de un análisis

Hay libros que se escriben sobre el psicoanálisis y hay otros que, de algún modo, consiguen poner a trabajar algo del psicoanálisis en su propia escritura. Duelarse. Una correspondencia psicoanalítica, de Ximena Guerrero y Fiorella Litvinoff, pertenece, a mi entender, a este segundo grupo. No se trata únicamente de un libro acerca del duelo por la muerte de un analista. Es, más radicalmente, un texto que interroga qué sucede cuando muere aquel que ocupó, durante años, un lugar singular en la vida psíquica de un sujeto. ¿Qué se pierde cuando muere un analista? ¿Qué ocurre con una transferencia cuando el corte no es producido por una decisión clínica, sino por la muerte? ¿Puede un análisis terminar con la muerte de quien lo condujo? ¿Y qué queda, para el analizante, cuando ya no está disponible la presencia de ese Otro al que dirigió su palabra?
La correspondencia entre Sofía y Eva se construye alrededor de estas preguntas. Ambas han compartido un analista, Bruno, y su muerte precipita un duelo que no parece reducirse a la pérdida de una persona. Desde el comienzo, aparece la pregunta por aquello que se pierde con la muerte del analista: el analista, el maestro, el espacio del análisis, pero también, y quizás fundamentalmente, una parte de sí. El libro no trata simplemente de un relato sobre la muerte de un analista: el duelo funciona como una especie de última escena del análisis, donde lo que se pierde no es únicamente a Bruno, sino también una posición subjetiva, una forma de sostenerse y una parte de la propia historia.
La distancia modifica la mirada. Lo que durante el análisis podía permanecer velado, o incluso no ser leído, comienza a adquirir otro sentido después de la pérdida. El análisis continúa produciendo efectos más allá de la última sesión. La muerte de Bruno no clausura el análisis, sino que produce retroactivamente una nueva lectura de él. La ausencia obliga a las protagonistas a interrogar el lugar que ese Otro ocupaba en sus vidas y, sobre todo, qué sucede cuando ese lugar queda vacío.
El libro formula una pregunta que atraviesa toda la correspondencia: ¿cuándo termina un análisis? La pregunta adquiere aquí una dimensión particular. Si el análisis no concluye simplemente con la última sesión, tampoco parece concluir necesariamente con la muerte del analista. Sus palabras, sus intervenciones y, sobre todo, los efectos de la transferencia continúan operando. Pero el duelo introduce algo irreparable: ya no se trata de continuar el análisis con aquel analista, sino de hacer algo con su ausencia.
La idea es de que el duelo no conduce simplemente a “reemplazar” al analista perdido por uno nuevo. El texto llega a formularlo de manera muy contundente: “no hay sustitución de Bruno, hay pérdida”. Esto permite pensar la separación desde una perspectiva lacaniana: no se trata de llenar el agujero dejado por el objeto, sino de poder hacer algo con esa falta. No hay una operación de sustitución que permita restituir aquello que se perdió. Hay, en cambio, una falta que debe encontrar otra forma de inscribirse. El nuevo análisis comienza, entonces, bajo la sombra de una ausencia.
Es precisamente allí donde el título Duelarse adquiere toda su potencia. El verbo parece introducir una dimensión reflexiva: no solamente duelar al otro, sino duelarse. El sujeto se encuentra confrontado con la pérdida de una posición que había construido en relación con ese Otro. Se pierde al analista, pero también se pierde algo de quien se era junto a él. La muerte del analista puede hacer aparecer, de manera brutal, la pregunta por aquello que cada sujeto había depositado en ese vínculo y por el lugar que ocupaba allí.
El pasaje hacia un nuevo análisis constituye uno de los movimientos más interesantes del libro. La nueva analista no recibe a una paciente sin historia, sino a alguien que llega marcada por la transferencia anterior y por la muerte de quien ocupó ese lugar. La pregunta no es solamente quién será el nuevo analista, sino qué lugar podrá ocupar después de Bruno. La escena del consultorio, la espera, el silencio y la ausencia momentánea de la nueva analista adquieren así una densidad particular: el vacío de la sala parece hacer presente, una vez más, la ausencia de Bruno.
Pero el nuevo análisis también permite que algo se despegue. La experiencia de un nuevo dispositivo, de otro estilo y de otra posición analítica abre la posibilidad de volver sobre preguntas antiguas desde una nueva perspectiva. El inconsciente puede ser el mismo, pero la posición del sujeto frente a él no necesariamente lo es. El libro plantea, de este modo, una cuestión fundamental: ¿qué sucede cuando una nueva transferencia permite leer de otra manera aquello que había quedado inscripto en la transferencia anterior?
En este punto aparece una reflexión especialmente fecunda sobre la transferencia. Una de las autoras se pregunta si, en el nuevo análisis, la transferencia puede dirigirse menos hacia la figura del analista y más hacia el propio trabajo analítico. La formulación permite pensar una cuestión central: que el analista no devenga el centro absoluto de la experiencia, que el trabajo pueda sostenerse más allá de su persona. La muerte de Bruno, paradójicamente, obliga a confrontarse con esta separación.
Si la transferencia implica la suposición de un saber en el Otro, la pérdida del analista confronta al sujeto con el hecho de que ese Otro no puede ser eterno ni completo. El duelo introduce así una experiencia radical de la falta. Ya no hay una presencia a la cual dirigir la palabra de la misma manera. Lo que queda es la posibilidad de hacer algo con aquello que se construyó en el análisis.
Por eso, en Duelarse, la escritura ocupa un lugar central. Las cartas entre Sofía y Eva parecen constituir un espacio intermedio entre la presencia y la ausencia. Escriben para hablarle a la otra, pero también para continuar hablando con aquello que se perdió. La escritura permite conservar algo y, al mismo tiempo, comenzar a desprenderse. No es casual que el libro se construya como correspondencia: la carta supone siempre una ausencia. Se escribe porque el otro no está allí.
La escritura funciona, entonces, como una forma de elaboración del duelo, pero también como una práctica de separación. Al escribir, las autoras vuelven sobre escenas, palabras, recuerdos y preguntas. Intentan bordear aquello que no puede ser completamente dicho. En este sentido, la escritura parece ocupar un lugar próximo al del propio análisis: no se trata de encontrar una respuesta definitiva, sino de producir nuevas preguntas, de hacer circular la palabra allí donde algo quedó detenido.
Hay una frase que condensa este movimiento: “Escribir con velos me hace pensar, ir a buscar lo que no pude leer cuando formaba parte de la escena”. La distancia que produce la escritura permite leer de otro modo. Pero, al mismo tiempo, escribir implica exponerse. La escritura desnuda. Así, el libro se mueve permanentemente entre dos polos: velar y develar, recordar y olvidar, conservar y soltar.
Quizás por eso la correspondencia puede pensarse como un objeto transicional. Un objeto que permite elaborar la separación sin negar la pérdida. Las cartas mantienen un lazo entre las dos autoras, pero también crean un espacio nuevo, distinto del análisis que ambas compartieron con Bruno. La escritura produce un tercer lugar: ya no es el consultorio, pero tampoco es simplemente el afuera. Es un espacio donde algo de la experiencia analítica puede continuar siendo elaborado.
El duelo que presenta el libro tampoco queda restringido a la muerte. La extranjería, la migración, los desplazamientos y los cambios de ciudad aparecen como figuras de una misma problemática: partir, separarse, desarraigarse. El viaje se convierte en una metáfora de la experiencia analítica: moverse de un lugar conocido, encontrarse con lo extranjero y, finalmente, descubrir que aquello que parecía extranjero también habita en uno mismo.
En este punto, Duelarse propone una lectura del psicoanálisis como experiencia de separación. Analizarse implica, de algún modo, atravesar la relación con el Otro hasta poder hacer algo con aquello que no puede ser colmado. La muerte de Bruno lleva esta cuestión hasta un límite extremo: la separación ya no puede ser postergada. El analista muere y el sujeto debe continuar su recorrido sin esa presencia.
Pero continuar no significa olvidar. El duelo que el libro propone no parece orientarse hacia una clausura definitiva, sino hacia una transformación de la relación con la pérdida. Nueve meses después de la muerte de Bruno, una de las voces puede decir que el dolor ha cambiado, que ahora tiene “bordes”. Algo se ha modificado. La pérdida permanece, pero ya no ocupa el mismo lugar.
Tal vez sea allí donde el libro encuentra su mayor fuerza: en la posibilidad de pensar que el final de un análisis no consiste en dejar atrás aquello que ocurrió, sino en poder hacer algo nuevo con sus restos. El análisis deja marcas, palabras, preguntas, modos de leer. El analista puede morir, el consultorio puede cerrarse, la transferencia puede transformarse, pero algo del trabajo realizado permanece como una adquisición que ya no pertenece al analista.
Duelarse es, en este sentido, un libro sobre la muerte, pero también sobre la vida que queda después de una pérdida. Sobre el trabajo subjetivo que implica separarse de aquello que alguna vez fue sostén, referencia y lugar de palabra. Sobre la posibilidad de construir, con los restos de lo perdido, una posición propia.
La pregunta que queda abierta no es solamente cómo se duela a un analista, sino qué hace un sujeto con aquello que recibió de un análisis cuando el Otro ya no está allí para recibirlo. Quizás el duelo sea justamente ese momento en el que el sujeto descubre que algo de lo que buscaba en el Otro deberá, de ahora en adelante, encontrar una forma propia de existencia.
Duelarse sería entonces eso: hacer algo con la pérdida sin pretender repararla. Aceptar que hay ausencias que no tienen sustituto y, precisamente por eso, pueden abrir la posibilidad de una nueva relación con el deseo, con la palabra y con la propia historia.



