RESEÑA

Las ruinas que sostienen la memoria

Reseña del libro El día que empezaba el verano de María José Melendo

Verónica Bonacchi
Sobre quien escribeVerónica Bonacchi

Verónica Bonacchi (Patagonia, 1970) es periodista. Edita el suplemento literario Lecton en el diario Río Negro. Trabajó en el diario La Nación, colaboró en la revista mexicana Gatopardo, y participó de la residencia literaria Finestres, en 2026.

Las ruinas que sostienen la memoria
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Alguien podría decir que “El día que empezaba el verano” (Enero editorial), el libro que acaba de publicar María José Melendo, es una historia sobre la orfandad. No mentiría, porque lo es: hay una tragedia, ocurrida hace ya casi 40 años, que es mucho más que la columna vertebral que sostiene este texto. Es, inevitablemente, la clave de la vida de ella y de sus hermanos, y de sus familiares y de sus conocidos. Pero sería no sólo injusto sino sobre todo incompleto cerrar el músculo de este libro alrededor de ese drama que ocurrió en diciembre de 1986, y sería incompleto e injusto también decir que es un libro sobre el duelo y la orfandad. Porque “El día que empezaba el verano” no es una historia -mejor dicho, no es sólo una historia sobre el duelo y la orfandad- sino más que nada, un libro sobre la memoria.

Y todavía más: un libro sobre cómo se construye la memoria cuando lo que podría sostenerla y edificarla, no está.

Y todavía más aún: es un libro sobre los objetos, sobre los olores, sobre aquello que los sentidos son capaces de conservar cuando la memoria ya no alcanza.

Los objetos, dice la autora, son depósitos de sentido. Conservan restos de vida que pueden volver. Son depósitos de sentido, pero como ocurre cuando hay ausencias, ese sentido está cercenado.

Hay una imagen en particular que ella cuenta en las páginas del libro que ilustran a la perfección, dolorosamente, la ausencia. La imagen es sencilla, de lo más cotidiana: revisa unas fotos, una de esas fotos antiguas, que nada tienen que ver con la reproducción a mansalva que hacemos hoy con los celulares y que  -tecnología mediante- nos permite identificar el momento, el lugar, incluso a quienes están en la fotografía. Lo que ella ve es una foto antigua que atrás no dice nada: ni quiénes son los que están en la imagen, ni dónde están, ni en qué fecha. Es una imagen sencilla y cotidiana, pero marca cómo el pasado, sin esos registros, puede convertirse en puro interrogante.

La fotografía ocupa un lugar central. El libro dialoga constantemente con las ideas de Roland Barthes y Susan Sontag, pero sin volverse ensayístico ni académico. Las fotos son, a la vez, prueba y ausencia. Testimonian que algo existió y, al mismo tiempo, recuerdan aquello ya no está. Sobre todo, en esta otra escena: la autora contempla la única fotografía que conserva junto a sus padres y sus tres hermanos, tomada durante un viaje a Caviahue  en 1985. Esa imagen se convierte en una reliquia familiar y en el emblema de todo el libro.

Pero la memoria no es sólo visual. Apela a otros sentidos. Los olores tienen un poder extraordinario para convocar el pasado: el azufre de Copahue, el aroma del tabaco de pipa de su padre, las comidas de Malú, la mujer de su padrino que terminó ocupando un lugar maternal en su vida. La autora cuenta, por ejemplo, que durante el aislamiento por la pandemia, decidió elaborar un recetario con las comidas que Malú preparaba en su infancia. Cocinar, con toda la memoria olfativa y gustativa que despierta, se vuelve entonces un acto -otro acto- de memoria.

Lo dice ella en el texto: todo comenzó durante la pandemia de Covid 19, cuando el encierro la acercó a una escritura distinta a la académica. Y eso que comenzó con la escritura, tuvo otra vuelta de tuerca más, impulsada por la maternidad y por el momento en que la hija mayor se fue a estudiar a otra ciudad. La escritura y la maternidad forman parte del andamiaje que sostiene el libro.

Aunque Melendo mira hacia atrás, está escrito desde el presente. No hay ánimo de reconstruir lo que apenas puede recordar. Pero sí la mueve el impulso de entender. Hay un momento, por ejemplo, en que comprende que sus padres no sólo dejaron orfandad. También dejaron una vida que no llegaron a vivir. La maternidad, la propia, modifica la perspectiva y hace que la pérdida se vuelva todavía más compleja.

La formación de María José Melendo, licenciada y doctora en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires e investigadora especializada en memoria y pasados traumáticos, se advierte en el libro, en el entramado de referencias que acompañan el relato, en las búsquedas que quizás hizo para su investigaciones y que terminaron por acercarla al material del libro, que también es memoria y pasado traumático.

Me anoté algunos paisajes. No el de Caviahue, que queda fijado como un destino anticipatorio, con esa única foto de la familia completa, el del último viaje juntos; tampoco la cordillera adonde van los hermanos a hacer trekking. Me anoté como paisaje el de las casas porque en este libro funcionan como ruinas. Por ejemplo el de la casa propia, el día que empezaba el verano, cuando la niña recorre el pasillo desde su habitación a la de sus padres y ve la cama tendida. Y el de la otra casa, el día que la protagonista, ya convertida en una mujer, vuelve a Isidro Lobo 770, y ve la construcción que fue refugio durante su infancia a punto de ser demolida. Las dos escenas están fijadas a partir de luces y sombras, de olores, de objetos: una cafetera volturno con la que la niña que se ve sorprendidamente sola esa mañana que empezaba el verano piensa prepararles un desayuno a sus papás que no están. La hortensia, la sartén abollada, los escalones del living, la ventana en el segundo caso. Como cita el libro al arquitecto Le Corbusier: las casas son máquinas de vivir. En este libro, son máquinas para la memoria también.

Pensaba, mientras leía, que éste es un libro lleno de ruinas. Pero no de ruinas monumentales. Son ruinas domésticas, aquello que normalmente consideramos insignificante. El libro parece decirnos que, cuando una vida se rompe, esas pequeñas cosas pueden sostener la memoria.

Pero este no es un libro que hunda el dedo en la llaga del drama, porque la protagonista, que es la autora, se asoma a los derrumbes y se retira enseguida, o bien se sujeta de frases que escribieron otros, como si fueran lianas, para atravesar lo que queda a la intemperie.

María José Melendo escribe con una enorme contención. Confía en que el lector complete aquello que no está dicho. La emoción nunca aparece porque el libro la fuerce; aparece porque la escritura sabe detenerse antes.

Dice la poeta Louise Gluck, ganadora del premio Nobel de Literatura en el hermoso poema “Nostos”: “Miramos el mundo una sola vez, es en la infancia/ El resto es memoria”.

Y ahí, creo, en esa infancia impactada y en esa memoria fragmentada, es donde comienza el trabajo autoral y empiezan las preguntas: ¿Cómo recordamos? ¿Podemos reconstruir una vida a partir de los objetos que dejó? ¿Quiénes somos cuando la mayor parte de nuestra infancia nos llega contada por otros?

Esas son las preguntas que recorren todo el libro. María José no escribe para responderlas desde la victimización. Escribe para responderlas desde lo que se levanta de las ruinas, y se transforma en la vida.