Partidas de diván

duelarse, de Ximena Guerrero y Fiorella Litvinoff, es un libro inclasificable. Por más que el subtítulo diga que se trata de una correspondencia psicoanalítica, duelarse, en minúscula, sin ninguna pretensión de jerarquizar términos ni teorías, y mucho menos experiencias, sin pomposidad ni veleidades elegíacas, es una conversación. Sofía y Eva, dos jóvenes extranjeras, practicantes del psicoanálisis –así se presentan en la solapa del libro y adelantan también toda una posición enunciativa‒, dos amigas “atravesadas por el psicoanálisis” emprenden una “aventura escrita” para transitar el duelo por la muerte de Bruno, el analista de ambas. Una muerte súbita, inesperada, fuera de cálculo. Pero ¿qué muerte no lo es?
Por momentos estas cartas adquieren el tono irreverente de una entrevista: “¿Te acuerdas de cómo fue tu comienzo de análisis con él?” “¿Por qué te analizas?” “¿De qué hablamos cuando decimos psicoanálisis?” A cada paso persiste la gracia de lo que estas amigas llaman un “invento” forjado a base de la memoria en común y las preguntas en singular que jalonan el libro con una insistencia delicada, tal vez la de quienes no saben, y precisamente eso las impulsa. Una composición a cuatro manos, a dos voces; música para una despedida que, al igual que esas muñecas rusas, contienen otras, apretadas, íntimas, dentro de sí.
Libro de preguntas, la conversación entre Eva y Sofía se entreteje con el relato de sueños, canciones, poemas sin destinatario, registros de viajes. Nada más alejado de definiciones taxativas respecto del duelo, la transferencia, la experiencia analítica, si bien todo esto toma cuerpo en el libro. A diferencia de Barthes que se negaba a hacer literatura a partir del duelo de su madre,[1] estas amigas se aventuran a ese riesgo: duelarse es también literatura, en él se labra una poética que no esquiva la intemperie, la soledad, la duda. El eco de la palabra escrita ilumina un sentido que solo el sueño conoce a la vez que señala otros caminos.
Estas cartas no tienen fecha. Una se entera del lugar desde donde se escriben cuando entra en la lectura. Y ahí aparecen las ciudades, de importancia central en este libro: Roma, Venecia, Madrid, París, Verona, Jerusalén, Bogotá, Santiago de Chile, Buenos Aires, Purmamarca… el delta. Caminando por las calles de Roma Sofi se despide de su analista. Piensa: “hay pocas cosas más desamparantes que la muerte del propio psicoanalista”. Es necesario inventar un adjetivo, forzar, torcer la lengua para que dé en la tecla de lo que no tiene cómo decirse. “Había una vez un analista”. ¿Y después qué?
Caminar, desear, partir, mientras el dolor, el corte, la herida, siguen su curso discontinuo. Este libro no oculta el entusiasmo o, para decirlo spinozianamente, la alegría que se manifiesta ante el aumento de la potencia de actuar de cada quien; no se pone en cuestión que hay más de un camino y que estos son, además, imprevistos. Dice Eva: “Mi corazón late suave cuando pienso en lo triste de la desaparición de Bruno, mi corazón late fuerte cuando imagino nuevas melodías. Mi corazón es como una montaña rusa, un sube y baja de una plaza infantil.
Ahora bien, la escritura no hace zafar de la incomodidad ni del dolor ni de la ausencia. No hay restitución posible pero se puede avanzar en esa verdad que no admite reemplazo, subjetivar la pérdida, hacerla pasar por cada quien en pos de averiguar lo que se ha perdido allí. ¿Para qué escribir? ¿Por qué compartir esta memoria casi documental con extraños?
Algunas de las preguntas que van y vienen de una ciudad a otra, de una amiga a otra, de una misma a una misma que no es la misma: ¿qué es un análisis?, ¿qué es un analista?, ¿quién fue ese analista?, ¿qué sucede con el análisis que la muerte del analista interrumpió?, ¿cómo se despide un analista?, ¿cómo un gran hombre entra en un ataúd tan pequeño?, ¿cómo se mide la ausencia?, ¿cuándo se llama a un nuevo analista?, ¿cuándo se lo llama nuevo?, ¿cuándo se termina un análisis?, ¿cuándo se termina un duelo? Y podría seguir…Las preguntas permiten que la conversación avance, no en línea recta, sino de una punta a la otra de un dolor que prolifera, inventa.
Una partida moviliza otras. Una palabra cambia de sentido. Un analista es un analista. Así como la muerte puede ser un alumbramiento, no solo en el sentido de lo que puede crear sino también señalar. Un reflector que haga existir lo que aún no era. “Una migración al revés”
Correspondencia psicoanalítica. Una amistad atravesada por el psicoanálisis significa prestar oído a eso que dice el mundo que queda en ausencia de toda garantía, hacer lugar a otra manera de navegar en el vacío. Sólo se trata de vivir, como dice una canción. Ese decir construyen Eva y Sofía en esta escritura compartida. Un decir “cauto”. Separadas y juntas.
La cautela es solidaria de la posición que adoptan las amigas a la hora de escribirse. Ante el temor de exponer la propia intimidad surge la pregunta acerca de si esto contradice la práctica analítica. ¿Cómo sortear este escollo? El camuflaje es una alternativa, deformar algunos detalles, pasajes… Sin embargo, la cosa se esclarece cuando se arriba a la conclusión de que la posición en la escritura ha de ser, ya no la del analista sino la del analizante como lugar donde alguien dice no sé, no entiendo, cómo se hace, por qué duele tanto, y volver eso una experiencia donde la ignorancia no sea el último destino pero sí un punto de partida para pasar a otra cosa.
¿Cómo se le dice adiós al analista de uno? Un adiós que no cuenta con una próxima vez pero sí altera la lógica más común. Entonces se escribe para olvidar y para no hacerlo. A modo de homenaje y también de venganza, para perdonar y para pedir perdón, para tratar de inscribir la pérdida mientras el mundo tambalea. Algo que enseña este libro es que el duelo, tanto como un análisis, es un viaje en el que están incluidos ciertos naufragios, que las tragedias puede devenir comedias.
En un comienzo me referí al estilo de escritura que distingue a este libro. Lejos de ser solemne, no se trata de psicopatologizar la desdicha ni de recomendar maneras de actuar. Resulta conmovedor –lo diré como me sale‒ leer la forma en que Eva y Sofía se acompañan, se leen, se discuten, se miman a lo largo de esta conversación: Querida interlocutora, Querida amiga, Compañera de ruta, Amiga bailarina, Amiga de diván, Compañera de viajes, Compañera de partidas, son algunas de las formas de llamarse.
duelarse propone la amistad como un territorio donde, en diferencia, se acepta hacer algo nuevo con la soledad que se avalancha ante la muerte horrorosa de ese otro que supo ser refugio, sitio donde uno suele hablarse a sí mismo gracias al desconcierto hecho presencia de un extraño. Así, este libro está escrito en amistad: “Escribir estas cartas me permitió leerme. Esta correspondencia fue nuestro refugio, una forma de reconstruir los muros caídos. No sé si hubiese sido capaz de salir sola a caminar un nuevo mundo después de esta muerte sin tu amistad.”
En el final pienso, escribo, sobre el título. ¿Acaso el duelo no es una operación que acontece –no quisiera decir recae‒ sobre uno mismo? Un duelo difícilmente sea no retornable. El pronombre reflexivo unido al verbo habla de esa acción que cae sobre uno mismo. Pero la gramática tiene su poesía y también se refiere a este nombre como recíproco, sin por ello zanjar la diferencia.
La Real Academia Española no admite “duelar” entre sus más de 90.000 entradas y 200.000 significados, si bien reconoce que es una palabra de uso frecuente. Recomienda “estar de duelo” o “hacer el duelo”. Duelar no.
Partidas de diván pudo haber sido el título de este libro sobre el que ensayo mi lectura. Me gusta que una partida no sea únicamente un desplazamiento, una despedida, sino también un juego. Uno donde se pasa del enojo a la gratitud como un lugar donde residir y recibir lo vivido, lo amado, lo odiado, de todo un poco.
¿Qué es un duelo? Un duelo es un encuentro. Una caja de resonancia capaz de amplificar nuevas preguntas y nuevos deseos. “Elegir es un duelo”, no importa quién lo dice. Y eso pone a vivir. También un duelo –y esta imagen que descubro en el libro me gusta mucho‒ es lo contrario de un viaje en avión. “Arriba de un avión los problemas devienen nimios. Los afectos se entumecen, las tragedias se dislocan”, dice una de las amigas. La fluidez de la existencia se detiene. ¿Cómo se sale de esa inmersión que el duelo impone?
Si la experiencia del análisis es una apuesta, también el duelo. Viene a mí una cita de Nancy que encuentro en un libro de Vir Cano escrito a propósito de la muerte de su hermano Nicolás: “Aislar la muerte de la visa, no dejarlas entrelazarse íntimamente, cada una intrusa en el corazón de la otra: he aquí lo que nunca hay que hacer.”[2] A medida que transcurre el duelo emergen el olvido, la distancia, la suavidad que transforma la afectación dolorosa en un modo de recordar, una disposición a vivir, nuevas, la risa, otros análisis en los que las diferencias van más allá del lazo transferencial y del estilo de escucha, o más acá. Lo que insiste es la pregunta: “¿acaso yo soy la misma?”
“El análisis no es un camino llano”. Tampoco el duelo. Un lapsus en mi lectura me hace escribir: “El análisis no es un camino lleno”. Consueno sin querer, sin saber, con lo que las autoras no se cansan de escribir, que la verdadera travesía es “ceder, dejar caer, dejar de re-tener lo que hace mal.” En lo lleno no hay espacio para la novedad, el misterio, la equivocación, la pregunta. Llenar es fabricar un laberinto sin puerta de salida.
Las entradas finales del libro son para el analista muerto, el ex analista, Bruno. Allí se reconocen los límites de cualquier análisis. “Te perdono, me perdono”. Es posible imaginar un adiós en esta conversación en forma de libro, despedirse en otra lengua: Todá Anakít. ¿Acaso no obliga a eso el momento de concluir? Y entonces aparece el vigor, la vitalidad, el desamarre de la queja.
Sofía y Eva poetizan sus duelos y en ese hacer su palabra ofrecida a los lectores ‒a quienes en un gesto casi baudelairiano se les pide que descubran dónde están Eva y Sofía en lo que se cuenta, que se hagan cargo de sus interpretaciones‒ devela con humildad su cualidad intransferible. Sin embargo, algo queda, algo comienza. Lo escribo como lo hicieron Eva y Sofía:
Hay
Que
Soltarlo
[1] “No quiero hablar por temor a hacer literatura […] aunque de hecho la literatura se origina en estas verdades.” Roland Barthes. Diario de duelo. 26 de octubre de 1977-15 de septiembre de 1979. México, Siglo XXI, 2009, p. 31.
[2] En Dar (el) duelo. Vir/ginia Cano. Buenos Aires, Galerna, 2021.


